Conscientemente o no, a lo largo de nuestra vida consolidamos principios y creencias que guían nuestras acciones. Esto ocurre a través de las experiencias y de nuestra reflexión sobre ellas. Además, gran parte de lo que experimentamos depende de nuestras interacciones sociales, ya que somos naturalmente relacionales. Esto nos lleva a reconocer la influencia de los aspectos contextuales en nuestra ética personal.
Sin embargo, la cuestión es más compleja cuando se trata de la ética en las empresas. En este contexto, podemos encontrarnos con distintos sistemas de valores y creencias, principios formalizados o informales y preferencias contrapuestas. La ética empresarial, como campo de investigación, vincula distintas ciencias a tres tradiciones éticas predominantes para abordar estas cuestiones. A continuación, menciono brevemente estas perspectivas e introduzco la ética de la virtud.
Tres perspectivas éticas
Teóricamente, existen al menos tres perspectivas éticas predominantes: (1) el principialismo, centrado en las reglas o principios de acción; (2) el consecuencialismo, centrado en las consecuencias o utilidad de las acciones; y (3) la ética de la virtud, centrada en el agente humano.
En la práctica, sin embargo, principios, reglas, consecuencias y virtudes aparecen juntos. Tomás de Aquino comprendió profundamente que, además de la acción en sí, hay que tener en cuenta las intenciones de los agentes y las circunstancias que concurren. En el trasfondo hay también una noción del bien, como la dignidad del ser humano.
La ética aristotélico-tomista parece ser la perspectiva más completa para comprender nuestras acciones. Esta perspectiva no se reduce a los rasgos de carácter y ofrece respuestas al principialismo y al consecuencialismo. Por ejemplo, virtudes como el valor y la justicia son necesarias para aplicar sabiamente los principios y las normas. La prudencia y la templanza, por otra parte, son necesarias tanto para comprender las consecuencias de las acciones como para renunciar al beneficio inmediato por el resultado a largo plazo. Cultivar las virtudes requiere constancia, humildad y un auténtico deseo de crecer. Por tanto, la ética de las virtudes, además de hacer hincapié en el factor humano, ofrece un marco para examinar las acciones.
Ética de la virtud
La ética de la virtud tiene sus orígenes en la filosofía antigua, tanto en Occidente como en Oriente, y sigue siendo relevante hoy en día.
En la tradición aristotélico-tomista, comprende algunas nociones esenciales: el carácter, la naturaleza humana y el florecimiento, la sabiduría práctica y el bien común. Juntos, estos elementos permiten comprender la experiencia moral de alguien y su crecimiento en las virtudes.
Las virtudes son disposiciones que nos permiten actuar bien como seres humanos. La virtud moral puede definirse como la inclinación humana a sentir, pensar y actuar de forma que exprese la excelencia moral, contribuyendo así al bien común (Newstead, Macklin, Dawkins y Martin, 2018).
Además de las virtudes morales, otros grupos de virtudes colaboran en nuestro comportamiento, como las virtudes intelectuales, teologales y cívicas.
Todo empieza con pequeños actos o hechos virtuosos, que se consolidan en hábitos con el tiempo. Los hábitos que se reiteran y repiten a lo largo de la vida sustentan el carácter. Entre las virtudes consideradas cardinales están el valor, la templanza, la justicia y la prudencia.
Como cualquier perspectiva teórica, la ética de la virtud no está exenta de críticas. Sin embargo, muchas de estas objeciones ya han sido contestadas por los filósofos morales.
Virtudes de la templanza y la prudencia
No es mi intención definir aquí cada una de estas virtudes, sino sólo ilustrar algunas de ellas. Consideremos la templanza o el autocontrol, por ejemplo, para dejar de beber refrescos. Ser templado supone un mayor esfuerzo al principio, cuando tenemos que acostumbrarnos a otras opciones de consumo. Gradualmente, con el tiempo, resulta más fácil querer lo que es mejor, y es satisfactorio saber que lo estás consiguiendo. La razón nos dice que elijamos el bien humano, en este caso la salud. Lo mismo ocurre si quieres dedicar una hora de lectura diaria a sustituir una hora de distracción en las redes sociales.
Aunque podamos crecer en virtudes, debemos evitar los vicios que se oponen a ellas, que son hábitos distorsionados que retrasan nuestra maduración.
La prudencia, o sabiduría práctica, es crucial para elegir lo que es éticamente bueno, basándose en la realidad (véase la publicación sobre el tema en Ames, Serafim y Zappellini, 2020). De este modo, podemos orientar las acciones hacia la conducta ética y el buen gobierno. Como ya se ha dicho, el examen de una acción moral tiene en cuenta los principios y las normas, las consecuencias y las intenciones, así como el objeto de la propia acción. Este examen es una actividad en la que aplicamos la sabiduría práctica. Esta virtud intelectual nos permite juzgar y deliberar sobre la mejor acción teniendo en cuenta el contexto y las circunstancias.
Conclusión
En la ética personal entran en juego muchos factores, y los retos para la conducta ética en el contexto organizativo son aún mayores. Principios, resultados y virtudes están presentes en la realidad que vivimos personal y profesionalmente. Además, el examen de las acciones en el contexto de las empresas tiene en cuenta el entorno organizativo y su influencia en la conducta de las personas. Por ejemplo, la cultura, el liderazgo y las relaciones dicen mucho sobre la ética que se vive en una empresa.
Aunque esta realidad puede ser amistosa u hostil para el crecimiento moral, esto no nos exime a cada uno de nosotros de nuestra responsabilidad de actuar éticamente. Por eso, la ética de la virtud parece ser la mejor perspectiva desde la que abordar la experiencia moral en su totalidad.
Para las empresas, cada vez está más claro que el buen gobierno tiene en cuenta la ética, ya que las organizaciones son comunidades de personas implicadas en prácticas de colaboración (MacIntyre, 2007). Se basan en principios, normas y bienes, y dependen de interacciones que sean contributivas y no corrosivas para el crecimiento moral de sus miembros. Dado que el entorno organizativo puede influir en la conducta de las personas más allá del mercado, las empresas desempeñan un papel crucial en el desarrollo ético de sus equipos.
Referencias
Ames, M. C. F. D. C., Serafim, M. C., & Zappellini, M. B. (2020). Phronesis in Administration and Organisations: A literature review and future research agenda. Business Ethics: The Environement and Responsibility, 29, 65-83. https://doi.org/10.1111/beer.12296
MacIntyre, A. (2007). Después de la virtud: A study in moral theory (3ª ed.). Notre Dame: University of Notre Dame Press.
Newstead, T., Macklin, R., Dawkins, S. y Martin, A. (2018). ¿Qué es la virtud? Avanzando en la conceptualización de la virtud para informar la investigación organizativa positiva. Perspectivas de Gestión de la Academia, 32(4), 443-457. https://doi.org/10.5465/amp.2017.0162